sábado, 7 de mayo de 2016

¿QUIERE DIOS SALVAR A TODO EL MUNDO PERO NO PUEDE?

¿QUIERE DIOS SALVAR A TODO EL MUNDO PERO NO PUEDE?

Artur Pink dice al respecto:

El pasaje que tal vez ha representado la mayor dificultad para los que han visto que, pasaje tras pasaje, la Santa Escritura enseña claramente la elección de un número limitado para la salvación, es 2 Pedro 3:9: «No queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento».
Lo primero que hay que decir sobre este pasaje es que, como cualquier otro texto de la Escritura, se debe entender e interpretar a la luz de su contexto. ¡Lo que hemos citado en el párrafo anterior es solo parte del versículo y la última parte del mismo! Ciertamente todos deben estar de acuerdo en que la primera parte del versículo tiene que ser tomada en consideración. Con el fin de establecer lo que muchos suponen que estas palabras significan, o sea, que las palabras ‘ninguno’ y ‘todos’ se deben recibir sin ninguna reserva, ¡hay que mostrar que el contexto se está refiriendo a toda la raza humana! Si esto no se puede mostrar, si no hay una premisa para justificar esto, entonces la conclusión también debe ser injustificada. Reflexionemos entonces sobre la primera parte del versículo.
«El Señor no retarda su promesa». Fíjate que ‘promesa’ está en singular, no dice ‘promesas’. ¿Qué promesa está a la vista? ¿La promesa de salvación? ¿Dónde ha prometido Dios salvar a toda la raza humana en algún lugar de la Escritura? ¿Dónde? No, la ‘promesa’ a la que aquí se hace referencia no se trata de la salvación. Entonces, ¿cuál es? El contexto nos lo dice.
«Sabiendo primero esto, que en los postreros días vendrán burladores, andando según sus propias concupiscencias, y diciendo: ¿Dónde está la promesa de su advenimiento?» (vv. 3, 4) El contexto entonces se refiere a la promesa de Dios de enviar a su amado Hijo. Pero muchos siglos han pasado y esta promesa todavía no se ha cumplido. Cierto, pero por larga que la demora pueda parecernos, el intervalo es corto en el cómputo de Dios. Como prueba de ello se nos recuerda: «Mas, oh amados, no ignoréis esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día» (v. 8). En el cómputo del tiempo de Dios, han pasado menos de dos días desde que prometió enviar de regreso a Cristo.
Pero hay más, la tardanza en que el Padre envíe de regreso a su amado Hijo no solo no se debe a una ‘negligencia’ de su parte, sino que la ocasiona su ‘paciencia’. ¿Su paciencia hacia quién? El versículo que estamos considerando nos dice: «es paciente para con nosotros». ¿Y quiénes son esos ‘con nosotros’? ¿la raza humana o el pueblo de Dios? A la luz del contexto, esta no es una pregunta abierta sobre la cual cada uno de nosotros tiene la libertad de formarse una opinión. El Espíritu Santo lo ha definido. El versículo inicial del capítulo dice: «Amados, ésta es la segunda carta que os escribo». De nuevo, el versículo inmediatamente anterior declara: «Mas, oh amados, no ignoréis esto», etc. (v. 8). El ‘con nosotros’ entonces son los ‘amados’ de Dios. Aquellos a quienes la Epístola fue dirigida son a los que se les «concedió (no los que ‘alcanzaron’ sino a los que se les ‘concedió’ como el don soberano de Dios) una fe como la nuestra, mediante la justicia de nuestro Dios y Salvador, Jesucristo» (2 Pe 1:1). Por lo tanto decimos que no hay cabida para la duda, una discusión por nimiedades o una polémica; el ‘con nosotros’ son los elegidos de Dios.
Citemos ahora el versículo completo: «El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento». ¿Puede haber algo más claro? El ‘ninguno’ que Dios no quiere que perezca es los ‘con nosotros’ con quienes Dios es ‘paciente’, los ‘amados’ de los versículos anteriores. Lo que 2 Pedro 3:9 quiere decir, entonces, es que Dios no enviará de vuelta a su Hijo sino hasta «que haya entrado la plenitud de los gentiles» (Ro 11:25). Dios no enviará de vuelta a Cristo hasta que ese ‘pueblo’ que él ahora está ‘tomando’ de los gentiles (Hch 15:14) sea reunido por completo. Dios no enviará de vuelta a su Hijo sino hasta que el cuerpo de Cristo esté completo, y eso no será sino hasta que los que él ha escogido para que sean salvados en esta dispensación hayan sido traídos a él. Gracias a Dios por su «paciencia para con nosotros». Si Cristo hubiera regresado hace veinte años, este escritor hubiera sido dejado atrás para perecer en sus pecados. Pero eso no podía ser, así que Dios de un modo misericordioso retardó la segunda venida. Por la misma razón todavía está retardando su advenimiento. Su propósito decretado es que todos sus elegidos vengan al arrepentimiento, y se arrepentirán. El presente intervalo de gracia no va a terminar sino hasta que la última de las ‘otras ovejas’ de Juan 10:16 esté segura en el redil; entonces Cristo regresará"

lunes, 18 de abril de 2016

Tres elemento del verdadero arrepentimiento. Por Tomás Brooks

Hay tres elementos esenciales en el arrepentimiento.

1. El primer elemento es un cambio sustancial; es dar la espalda al pecado y volverse hacia Dios. El arrepentimiento es dejar las tinieblas y volver a la luz. Isaías dijo: “Deje  el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Dios.”  (Is.55:7) El arrepentimiento significa dar la espalda a todo pecado, aún el pecado que uno amaba más. Significa también un cambio de actitud hacia Dios y hacia todo lo que Él manda. Cuando una persona se arrepiente verdaderamente, sabe que no existe nada en ella misma que agrade a Dios, y todo lo que tiene es su pecado. Esto le hace volverse a Dios suplicándole ayuda y perdón. El arrepentimiento no es fácil. Siempre es difícil y ocasiona dolor y vergüenza.

2. El segundo elemento en el arrepentimiento verdadero es un cambio completo de vida. El arrepentimiento significa un cambio en la vida interior, en lo que uno piensa y en lo que uno desea. El arrepentimiento significa un cambio tan fuerte en la vida que otros pueden verlo, un cambio en su manera de vivir, en sus hábitos, en su perspectiva. Isaías 1:16 dice, “Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras delante de mis ojos; dejad de haced lo malo; aprended a haced el bien.”  Esto significa un cambio exterior e interior, un cambio completo de vida.

3. El tercer elemento del arrepentimiento es su continuidad a lo largo de toda la vida del creyente. Arrepentirse significa siempre esforzarse para guardar la ley de Dios en forma más completa. Significa acercarse cada vez más a Dios aunque al mismo tiempo, sabemos que no podemos dejar de considerarnos pecadores. La vida cristiana consiste de un proceso continuo de mortificación del pecado. El apóstol Pablo, quien fue usado grandemente por Dios, dijo, “¡Miserable  hombre de mí ! ¿Quien me librará de este cuerpo de muerte?” (Rom.7:24)

El arrepentimiento no es propio de la naturaleza humana; se necesita tanto del poder de Dios para arrepentirse, como para no pecar. “Venid y volvamos a Jehová porque Él nos arrebató y nos curará; hirió y nos vendará. Nos dará vida después de dos días; en el tercer día nos resucitará y viviremos delante de El.”  (Os.6:12)  Fíjense que Dios es el que hace todas estas cosas a favor de su pueblo. Él les sana. Él venda sus heridas. Les vivifica y restaura. El poder de Dios y el amor de Dios están actuando en el arrepentimiento. Sin la misericordia y el amor de Dios actuando en uno, no puede haber arrepentimiento verdadero.

domingo, 17 de abril de 2016

El Estado, ¿ministro o adversario de la voluntad divina? Juan Calvino

Un resumen del pensamiento de Calvino en cuanto al tema.

1. Aunque el asunto del gobierno humano, que consiste en «ordenar la justicia civil y reformar las costumbres y conducta exteriores», no pareciera ser de la competencia de los teólogos, ni propio de la fe, Calvino dijo que, en su tiempo algunos eran «tan desatinados y bárbaros que hacen cuanto pueden para destruir esta ordenación que Dios ha establecido». Mientras que, por otra parte, los «aduladores de los príncipes, al engrandecer sin límite ni medida su poder, no dudan en ponerlos casi en competencia con Dios» (IV. xx. 1). Esto, entonces, justificaba el tratamiento de la política desde la perspectiva de la fe.

2. El poder civil, por otro lado, no era más que «una vocación no solamente santa y legítima delante de Dios, sino también muy sacrosanta y honrosa entre todas las vocaciones» (IV. xx. 4).

3. Los magistrados (a quienes Calvino llamaba «siervos de Dios», «ministros de la justicia divina», «lugartenientes de Dios» o «vicarios de Cristo»), eran constituidos en dignidad y autoridad por Dios, y no solamente para ejercer bajo la segunda tabla de la ley, sino que su oficio se extendía al mantenimiento del culto y la piedad entre los seres humanos, pues eran tutores y guardianes de la iglesia (1 Ti. 2:2).

4. La autoridad de los gobernantes estaba sometida a la de Dios y la de Cristo. Por tanto, debían servir a la justicia divina, empleando toda su diligencia para ofrecer a los humanos «una cierta imagen de la providencia divina, de la protección, la bondad, dulzura y justicia de Dios» (IV. xx. 6).

5. Debido a los vicios y defectos de los individuos, la forma de gobierno más pasable y segura era donde «gobiernan muchos, ayudándose los unos a los otros y avisándose de su deber» (IV. xx. 8). En otras palabras, era mejor un sistema democrático donde los poderes se compartían y equilibraban entre sí.

6. La potestad civil se extiendía al ejercicio de la fuerza necesaria para conservar el bien y castigar al mal, pues no en vano le había sido dada la espada. Así pues, y para la protección del pueblo, el magistrado podía echar mano de la expedición de leyes justas, de la pena de muerte, de la formación de ejércitos y fuerzas, de la guerra justa, y del establecimiento y buen uso de tasas e impuestos.

7. Por su parte, quienes eran fieles a Jesucristo, lejos de rechazar la función del magistrado, debían aceptarla y servirse legítimamente de ella como la de un ministro de Dios y, para que con su poder y asistencia fueran «defendidos y amparados contra la maldad y la injusticia de los inicuos y vivamos tranquilamente debajo de su protección y amparo», como nos enseña san Pablo (Ro.13:4). Pero, dado que este es un «don santo de Dios, debemos tanto más guardarnos diligentemente de mancillarlo con ningún vicio nuestro» (IV. xx. 18).

8. El primer deber y obligación de los súbditos para con sus superiores era «tener en gran estima y reputación su estado» (1 P. 2:17; Prov. 24:21), (IV. xx. 22).

9. Además del respeto, se les debía una sincera obediencia al acatar sus órdenes y constituciones. Si alguno creía que podía enfrentarse al magistrado y salir airoso, debía saber que se estaba oponiendo a Dios quien «está perfectamente armado para vengar el menosprecio de su disposición» (IV. xx. 23). Esta obediencia se debía extender «no solamente a los príncipes que cumplen justamente con su deber y obligaciones, sino también a todos aquellos que tienen alguna preeminencia, aunque no hagan lo que deben, según su cargo lo exige» (IV. xx. 25).

10. Además, todos los creyentes debían al magistrado el ministerio de la intercesión, pues Dios nos exhorta a que hagamos oraciones «por todos los que están en eminencia», para que «vivamos quieta y reposadamente, en toda piedad y honestidad» (2 Ti. 2:1-2).

11. El gobernante, sin embargo, debía comportarse de tal manera que efectivamente pudiera ser reconocido como «padre de la patria . . . pastor del pueblo, guarda de la tierra, mantenedor de la justicia, conservador de la inocencia» (IV. xx. 24). Por tanto, no debía actuar para su placer y enriquecimiento saqueando al pueblo y atropellando el derecho, pues debía saber que funciona bajo el dominio y la voluntad de Dios, incluso aun cuando no lo supiera o reconociera.

12. Sin embargo, de muchas maneras Dios establecía límites al poder de los príncipes para castigar su tiranía. Pero era necesario entender que esta tarea no correspondía a los particulares (ciudadanos comunes y corrientes), sino a quienes Dios despertaba para ello, ya fuera por el poder y superioridad que les asistía o bien por mandato específico y providencial de Dios. Dice el teólogo francés, «guardémonos sobre todas las cosas de menospreciar y violar la autoridad de nuestros superiores y gobernantes, . . . aun cuando es ocupada por personas indignas» (IV. xx. 31). Si bien Dios se cobra venganza sobre ellos, «no por ello se sigue que nos la permita y la ponga en mano de aquellos a quienes no ha ordenado sino obedecer y sufrir» (IV. xx. 31).

13. Correspondía a otras autoridades —las establecidas para ello dentro de la estructura del gobierno— frenar la excesiva licencia de los reyes y defender al pueblo. Y si por cualquier razón no se oponían y resistían al tirano que oprimía al pueblo infeliz, entonces Calvino declara «yo afirmaría que tal disimulo ha de tenerse por una grave traición» (IV. xx. 31).

14. El límite supremo de la obediencia debida al magistrado lo establecía una regla fundamental que no se debía olvidar: «que tal obediencia no nos aparte de la obediencia de Aquel bajo cuya voluntad es razonable que se contengan todas las disposiciones de los reyes, y que todos sus mandatos y constituciones cedan ante las órdenes de Dios, y que toda su alteza se humille y abata ante Su majestad» (IV. xx. 32).

Comentario de Charles Spurgeon sobre los puritanos:

Los puritanos fueron los más resueltos protestantes de la nación; calvinistas celosos; predicadores cálidos y  afectuosos. 
Eran las personas más pías y devotas de la tierra; hombres de oración en lo secreto y en público, así como en el seno de sus familias. Su estilo de devoción era ferviente y solemne, dependiente de la ayuda del Espíritu Divino. Tenían una profu nda reverencia para el santo nombre de Dios, y eran enconados enemigos no sólo de los juramentos profanos, sino de la plática insensata y de las burlas.  Eran estrictos observantes del día del Señor, dedicando todo el día a la devoción en público y en priva do y a la caridad. Era marca distintiva de un puritano, en aquellos tiempos, verlo asistir a la iglesia dos veces al día, con su Biblia bajo el brazo. Y mientras otros se dedicaban al juego y a las distracciones, a las parrandas, a caminar por los campos, o a la diversión del boliche, la esgrima, etcétera, estos, desde la víspera del día de reposo, se dedicaban con la familia a leer las Escrituras, a cantar salmos, a repasar sermones, a catequizar a sus hijos y a la oración. Y esta actividad la llevaban a cabo no sólo el día del Señor, sino que tenían sus horas de devoción familiar durante los días de semana; eran circunspectos en cuanto a todo exceso en la comida y en la bebida, en la ropa, y las diversiones sanas. 
Eran frugales, diligentes, honestos en sus  tratos, y solícitos en dar a cada quien lo que le correspondía." Ese es un noble testimonio hacia la verdad puritana y el poder del Evangelio.

Un sabio infiel dice que los calvinistas y jansenistas, "cuando son comparados con sus antagonistas, se han destacado, no en menor grado, en las virtudes más rígidas y respetables; ellos han sido un honor para su propia época, y el mejor modelo de imitación para las generaciones sucesivas." Imagínense a un infiel hablando así. Creo que fue un infiel quien dijo: "vayan a escuchar a un arminiano para oír hablar de buenas obras; pero vayan a un calvinista para ver cómo exhibe esas obras." Y aun el doctor Priestly, que era un unitariano, admite que: "los que sostienen las doctrinas de la gracia, se conforman menos al mundo y tienen un principio mayor de religión, que nuestros propios seguidores: y quienes, con base en un principio de la religión, atribuyen más a Dios y menos al hombre que otros, tienen la mayor elevación de piedad.

Tres notables diferencias entre un impío y un convertido. Por Richard Baxter.

Una persona impía puede ser conocida en tres maneras: 

1. Primero, su corazón está puesto en la tierra y no en el cielo; ama a la criatura más que a Dios; se preocupa más por la prosperidad terrenal que por la felicidad eterna; ama las cosas naturales pero no tiene apetito para las cosas espirituales. Puede ser que esté de acuerdo con que el cielo es mejor que la tierra, pero esto no le interesa mucho; prefiere más bien vivir aquí que allá. Una vida de perfecta santidad en la presencia de Dios, amándole y alabándole para siempre en el cielo, no le apetece tanto como la salud física, su condición y posesiones terrenales. El impío pudiera aún decir que ama a Dios, pero no tiene ninguna experiencia espiritual del amor de Dios. Su mente permanece fija en los placeres mundanos y carnales. Puesto en forma sencilla, cualquiera que ama la tierra más que el cielo, sus posesiones más que Dios, es un inconverso; es un “impío”. 
Por otra parte, cualquiera que es convertido, entiende algo de la hermosura de Dios y es tan convencido de la gloria a la cual Dios le ha llamado, que su corazón se ocupa más de esto, que de cualquier cosa de este mundo. La persona que es verdaderamente convertida prefiere vivir eternamente en la presencia de Dios, que poseer todos los placeres y toda la riqueza de este mundo. Puede ver la vanidad de las cosas terrenales y se da cuenta que solamente Dios puede satisfacer su alma. Por sobre todas las cosas, está decidido a no aferrarse a las cosas terrenales; porque sus esperanzas y tesoros verdaderos se encuentran en el cielo. Tal como la llama de fuego va hacia arriba, y la aguja magnética señala siempre al norte, así el alma convertida se inclina hacia Dios. Ninguna otra cosa le puede satisfacer, y tampoco puede encontrar paz en ninguna otra cosa, salvo en el amor de Dios. En una palabra, aquellos que son convertidos aman a Dios más que al mundo, el gozo celestial más que la prosperidad terrenal. El salmista lo expresó en la siguiente forma:  “¿A quien tengo yo en los cielos sino a tí? y fuera de tí nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre” (Salmo 73:25-26)  Jesús dijo, “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan y hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, ahí estará también vuestro corazón”. (Mat.6:19-21). Hablando de sí mismo y de los demás creyentes, el apóstol Pablo dijo, “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos” (Fil.3:20). Y en otro texto dijo a los creyentes, “Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Col.3:2) y que “los que son de la carne piensan las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu en las cosas del Espíritu” (Rom.8:5). 

2. Segundo, el hombre impío es uno cuya preocupación principal en esta vida es la de agradarse a sí mismo. Podría ser que tuviera cierta religiosidad, que no cometiera grandes pecados, pero no obstante, es un hecho que no hace del deseo de agradar a Dios, la preocupación principal de su vida. Le da a Dios lo que le sobra en esta vida, todo el tiempo y el esfuerzo que así le conviene. No está preparado para sacrificar todo, sin escatimar nada para Dios y para el cielo.

Por otra parte, el hombre convertido es alguien que hace del agradar a Dios su asunto principal en esta vida. Todas sus bendiciones en esta vida las ve como ayudas en su camino hacia otra vida, la vida celestial. Somete la totalidad de su vida a Dios. Vive una vida santa y anhela ser más santo. Aborrece cualquier pecado que llega a cometer, y ora y se esfuerza para terminar con él. Toda la dirección e inclinación de su vida es hacia Dios. Cuando peca, es en contra de la dirección general de su vida, por lo cual lo lamenta y se arrepiente. No permite voluntariamente que ningún pecado le domine. No hay ninguna cosa en este mundo que quiera tanto, que no la rendiría o la abandonaría, para Dios y por la esperanza de compartir la gloria eterna. La Biblia tiene mucho que decir con respecto a esta línea de pensamiento, Jesús dijo: “mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia” (Mat.6:33). El apóstol Pablo dijo que: “Si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios” (Rom.8:13-14), y que, “los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (Gál.5:24). Todo esto es subrayado por la maravillosa promesa de Dios de que: “Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con El en gloria” (Col.3:4). 

3. Tercero, el hombre impío nunca realmente entiende o disfruta lo que la Biblia dice acerca de la redención; ni acepta con agradecimiento la oferta divina de un salvador, ni es impresionado por el amor de Cristo; ni está dispuesto a someterse a la autoridad de Cristo a fin de ser salvado de la culpa y el poder de sus pecados y ser hecho justo ante Dios. Al contrario, su corazón está insensible a estas cosas; y el prefiere que sea así. Pudiera estar dispuesto a ser religioso en forma externa, pero se niega a someterse al cetro de Cristo, a la autoridad de la Palabra de Dios y a la guía del Espíritu Santo. 

Por otra parte, el hombre convertido sabiendo que su pecado le ha arruinado, que ha destruido su paz con Dios y que ha terminado con su esperanza del cielo; gozosamente recibe el evangelio, y pone su confianza en el Señor Jesucristo como su único salvador. Para el hombre convertido, Cristo es la vida de su alma. Vive por medio de El, y ve hacia El en todas sus necesidades y se regocija en la sabiduría y el amor divino que proveyó tal salvador. El apóstol Pablo lo expresó en la siguiente manera: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gál.2:20). Escribiendo a otro grupo de creyentes Pablo dijo: “Ciertamente aún estimo todas las cosas como pérdida, por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor” (Fil.3:8). 

Ahora usted puede ver que la Palabra de Dios enseña claramente quienes son los impíos y quienes son los convertidos.

Cinco advertencias hacia los que pecan abusando del perdón y la misericordia de Dios. Por Tomás Brooks

1. Primero, siempre es una señal de que Dios está en contra nuestra cuando no nos preocupamos por el pecado. Cuando vemos que alguien no está preocupándose por sus pecados, podemos estar seguros de que Dios está juzgando a esta persona. Es una cosa terrible cuando Dios entrega a uno a sus propios pecados. En una ocasión Dios dijo con respecto a los israelitas: “Los dejé por tanto a la dureza de su corazón; caminaron en sus propios consejos”  (Sal 81:12)  En otro momento “Efraín es dado a ídolos; déjalo”  (Os. 4:17)  Esto fue el juicio de Dios contra de ellos. Cuando Dios abandona a un pueblo, entonces ya no se preocupan por sus pecados.

2. Segundo, Dios es tanto misericordioso como justo; Su misericordia no anula Su justicia. Satanás oculta esta verdad cuando dice que Dios siempre será solamente misericordioso. Cuando Adán pecó, Dios en su justicia le echó fuera del paraíso. Cuando el mundo antediluviano se corrompió, Dios en su justicia mandó el diluvio. A menos que los pecadores se arrepientan, Dios no les puede perdonar.

3. Tercero, los pecados contra la misericordia de Dios acarrean mayor juicio. Cuando los hombres abusan de la misericordia de Dios entonces viene su juicio. Este es el orden en que Dios actúa: Ofrece primero su misericordia, pero si los hombres no le hacen caso, entonces son juzgados. Dios mostró gran misericordia y ternura hacia los israelitas, sin embargo ellos se alejaron de Dios y le olvidaron. Jesús les advirtió que no quedaría piedra sobre piedra de su templo y así sucedió. (Mar. 13:2) Jerusalén y el templo fueron destruidos. Los judíos fueron muertos y llevados cautivos. Los que abusaron de la misericordia de Dios y le dieron la espalda a sus advertencias, fueron objetos de su justicia. Entre más que uno es bendecido, más severo será su juicio si se olvida de Dios. Capernaum que fue levantada hacia el cielo posteriormente, fue puesta hasta la parte más baja del infierno. (Mat.11:23)

4. Cuarto, los creyentes no deben pensar que debido a que disfrutan de algunas bendiciones de Dios, todo está bien. Todos de alguna manera u otra reciben constantemente beneficios de la bondad de Dios. Pero la misericordia especial de Dios es solamente para aquellos que le aman y le obedecen. “Todas las sendas de Jehová son misericordia y verdad para los que guardan su pacto y sus testimonios”  (Sal 25:10)  “He aquí el ojo de Jehová sobre los que le temen, sobre los que esperan su misericordia.”  (Sal.33:18)  “Porque como la altura de los cielos sobre la tierra, engrandeció su misericordia sobre los que le temen.”  (Sal.103:11)  ¿Teme usted a Dios? Si es así, entonces no deseará pecar contra su misericordia.

5. Quinto, la misericordia de Dios es un motivo muy fuerte para no pecar. La bondad de Dios nunca debe convertirse en un pretexto para pecar. La biblia dice que debido a la misericordia de Dios, los creyentes deben entregarse completamente a El, su cuerpo, su mente y todo lo que son, a fin de que sean usados en su servicio. (Rom.12:1)  La misericordia de Dios debe conducir a los creyentes a amarle y no a pecar contra El. Los que toman la misericordia de Dios como un pretexto para pecar, están siguiendo una lógica satánica. Cuando esta lógica de pensamiento predomina en una persona, hay motivos para suponer que tal persona está en perdición. Cuando una persona dice que la misericordia de Dios significa que el pecado no importa, tal persona demuestra que no está valorando correctamente este atributo divino. Una comprensión correcta de la misericordia divina, trae como resultado una atracción hacia Dios y un aborrecimiento del pecado.

Ocho diferencias entre la gracia salvadora y la gracia común

1. Primero, la gracia salvadora cambia a la persona misma, concediéndole vida espiritual, una nueva naturaleza; entre tanto que la gracia común solamente obstruye el pecado, manteniéndole dentro de ciertos límites permitidos por Dios. La gracia común limita el pecado y controla sus efectos, pero no transforma interiormente las personas. La gracia salvadora de Dios transforma a la persona en su mente, sus emociones, su voluntad.  Todos los aspectos de su vida están siendo cambiados, limpiados y renovados.

2. Segundo, la gracia especial de Dios produce un interés profundo y personal en las realidades espirituales y eternas: en Dios, en Jesucristo, en las promesas de Dios, en su Reino, en el cielo. Los que son solo objeto de la gracia común de Dios pueden tener cierto conocimiento superficial de la biblia, pero su interés en tales cosas es solo temporal y en realidad no quieren conocer a Dios, no es su deseo principal. La biblia nos da muchos ejemplos de personas que fueron objeto de la gracia común, sin ser recipientes de la gracia salvadora de Dios. (Por ejemplo, Judas, Demas, los fariseos, el rey Saúl, etc)

3. Tercero, la gracia especial de Dios produce un placer verdadero en el servicio de Dios. Para los objetos de la gracia salvadora, los mandamientos de Dios no son gravosos, el yugo de Cristo es fácil y ligera su carga. Los recipientes de la gracia especial de Dios encuentran gozo en la oración, la lectura de la biblia, la comunión con otros creyentes y la adoración de Dios. El salmista habló de ésta clase de persona diciendo: “ En la ley de Jehová está su delicia.”  (Sal 1:2)  Para aquellos que son solo objeto de la gracia común, el servicio de Dios es pesado, aburrido, una carga en lugar de un placer. El profeta Malaquías dice, “Habéis dicho: Por demás es servir a Dios; ¿Qué aprovecha que guardemos su ley y que andemos tristes delante de Jehová?”  (Mal.3:14) Este es el pensamiento de aquellos que solo conocen la gracia común.

4. Cuarto, la gracia salvadora le hace a uno temer la perversidad de su propio corazón. Le hace examinar cuidadosamente su propio corazón y tener cautela de su forma de vivir. La gracia común le deja a uno satisfecho con un cristianismo superficial. Los creyentes que lo son de nombre solamente, se fijan más cuidadosamente en otros que en sí mismos; juzgan a otros antes que a sí mismos.

5. Quinto, la gracia salvadora le hace a uno amar y buscar la santidad, aún cuando sea difícil y peligroso. Los creyentes de nombre solamente, aquellos que no son realmente salvos, no perseveran cuando la vida cristiana se vuelve difícil. Jesús habló de semejantes personas en la parábola del sembrador. (Mat.13:20-21)  La semilla sembrada entre pedregales representa a la persona que oye la palabra y al momento la recibe con gozo, “pero no tiene raíz en sí, antes es temporal, pues al venir la aflicción o la persecución por la palabra, luego se ofende.”   El creyente verdadero, sigue a Cristo aún cuando sea difícil.

6. Sexto, los que gozan de la bendición de la gracia especial de Dios, quieren obedecer a Dios por motivos espirituales. Desean orar, quieren servir a Dios, quieren escucharle porque le aman y desean agradarle. Aquellos que solo son creyentes nominales, hacen algunas de estas cosas pero no porque amen a Dios, sino solo para ser vistos de los hombres. Quieren que otros piensen bien de ellos pero en realidad no quieren agradar a Dios.

7. Séptimo, la gracia salvadora, renovadora; conduce al deseo de abandonar, de dejar el pecado por completo y a obedecer todos los mandamientos de Dios. Los creyentes son hechos semejantes a Caleb de quien Dios dijo: “Por cuanto hubo en él otro espíritu, y cumplió de ir en pos de mí.”  (Num.14:24)   Los que solo aparentan ser creyentes sin serlo, siguen a Dios a medias, son de doble ánimo, solo obedecen cuando les es conveniente. Es necesario hacer una distinción entre lograr la perfección y desearla, entre el esfuerzo para obedecer y el cumplimiento.  El alma renovada puede decir: Aunque no he mortificado completamente ningún pecado, como debiera y como quisiera, sin embargo aborrezco todo pecado. Aunque no he obedecido perfectamente ni un solo mandamiento, como quisiera y como debiera, sin embargo amo cada mandamiento de Dios. Todos me son preciosos, y no hay uno solo que no deseo cumplir. Este era el sentir del apóstol Pablo en Romanos 7:15-22.

8. Octavo, principalmente y sobre todo, aquellos que son benditos con el amor y la gracia especial de Dios, estiman a Cristo como la más grande bendición. Cristo mismo es suficiente para satisfacer sus almas. Pueden gozar de Cristo sin poseer riquezas, sin placeres, sin la sonrisa de la prosperidad; de todos modos están contentos con Cristo. Cristo es el todo, el Sumo Bien para los que conocen la gracia salvadora. Si estamos enfermos, Él es el médico; si tenemos sed, Él es el manantial; si el pecado nos inquieta, Él es nuestra justicia; si necesitamos ayuda, Él es poderoso para salvar; si tememos la muerte, Él es la vida; si estamos en tinieblas, Él es la luz; si somos débiles, Él es nuestra fortaleza; si somos pobres, Él es la plenitud; si deseamos el cielo, Él es el único camino. En contraste con los que solo tienen la apariencia de creyentes, quienes estiman más las recompensas, los beneficios y la alabanza que reciben profesando el cristianismo (pero que en realidad no estiman a Cristo por encima de todas las cosas), los que poseen a Cristo no carecen de nada. Así dijo Pablo, “como no teniendo nada, más poseyéndolo todo.”  (1Cor.6:10)   Entonces, quienes no poseen a Cristo, no tienen nada.